Archivo mensual: octubre 2011

El pirata. Historias de la música criolla

El Pirata. Historias de la música criolla

Eloy Jáuregui

Grupo Editorial Mesa Redonda (Lima, 2011)

ISBN: 978-612-4091-17-9

Páginas: 132

Precio: 25 soles

El pirata. Eloy Jáuregui

El pirata. Historias de la música criolla,  es la segunda entrega de una serie de investigaciones periodísticas sobre música e identidad, a cargo de Eloy Jáuregui, escritor, poeta, periodista y profesor universitario. Especialista en temas de comunicación y cultura popular urbana.

Ha compuesto las cuatro piezas documentales entorno a las historias que la salsa, la música criolla, el bolero, la cumbia han hilvanado en el Perú y en su historia personal. Fueron escritas en clave de crónica barroca y ensayo académico –de la escuela de la calle y la universitaria–. Los dos primeros volúmenes de la saga fueron  publicados por El Grupo Editorial Mesa Redonda, en su serie de No Ficción. Quedan aún dos entregas más.

El libro El pirata, lleva por título  el nombre del vals peruano más popular en los setentas y también un gran escándalo de pirateo a discreción: la lirica fue plagiada de un poema modernista. Ese es justo el nodo en que criollismo y criollada se unen. Pero la crónica  no se trata de viveza a la criolla sino de valses y otras infusiones. Intenta seguir el devenir de la  de horda de músicos criollos y recoger la historia de su género.

Como apunta el escritor surquillano y melómano universal, hasta en las guerras está presente la música. Para lograr una polifonía completa quizá le falte el rock o el punk, aunque sus géneros más estudiados también llegarían como leitmotive en momentos muy particulares: con la salsa regresó la democracia (tesis sobre la se explaya en Pa`bravo yo, historias de la salsa en el Perú) y en de las pugnas por la independencia despunta el criollismo.

Reunir la crónica viva de géneros que desaparecen, como el criollismo, es escribir sobre manifestaciones estéticas que no se acaban en conseguir un disco olvidado ni en el recuerdo de magistrales conciertos; están cargadas de historias y consecuencias, armas y banderas de la expresión popular.

As

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César Hildebrandt y los aullidos de un viejo lobo criollo

No podríamos saber con precisión cuándo el criollismo empezó a desvirtuarse en criollada. Ciertamente no son lo mismo: con el primero nacía una literatura épica  y fundacional en Sudamérica, marcada por un anhelo de interpretar la fauna social  y establecer la oposición a un régimen castrante, jerárquico, como lo fue la tenencia del poder en la larga tradición colonial.

Un criollo era en cierta forma un extranjero en su propia tierra, la primera camada hispano-americana que iniciaba una tradición en la culinaria, la música y el baile.  Hoy, la criollada es el resultado de una nueva adaptación también: la ética de la maña y las cosas  fáciles, el conformismo y la trampa.

El criollo de hoy es inquilino precario de su propia tierra, porque así lo eligió. Vive haciéndole criolladas  al sistema que percibe imposible desde su miopía, buscando un nuevo orden de las cosas; tramposo, conformista, convenido,  ilícito, cómodo, asumido como ingenioso pero en realidad  es irresponsable.

En esa gran paradoja termina el mes de octubre, entre milagros, revelaciones, criollismo de la vieja y nueva escuela, peregrinajes, brujas, comida y libros, por supuesto. En la Feria del Libro Ricardo Palma, instalada como manda la tradición  en el distrito de Miraflores –donde ambos polos criollos se juntan–, fue recibida con gran ovación la  entrega más reciente del periodista César Hildebrandt.

Con el nombre de Una piedra en el zapato, Tierra Nueva Editores ofrenda una sustanciosa antología de los artículos de opinión que este genuino lobo criollo publicó en el diario La Primera (2006-2010) y en el semanario Hildebrandt en sus Trece (2010-2011)

Con tantos adeptos como cartas de rectificación –flores y coronas de flores–, Hildebrandt se definió como un pirómano a quien los incendios se le van de las manos, que escribe con el hígado porque lo tiene cargado por la estupidez y mediocridad que circundan a la prensa y la sociedad peruanas.

En medio del entusiasmo por el crecimiento económico, Hildebrandt nos recuerda los agudos problemas del Perú, como la falta de inversión en educación; ataca al periodismo servil, los políticos corruptos y el capitalismo salvaje. Sin embargo, en este grueso volumen de humor vílico, donde a la manera de Manuel González Prada nos dice que este país sigue siendo un organismo enfermo, la esperanza es un motivo subliminal.

Librería Perú registró en vídeo la lectura que cerró la noche en que el auditorio de Chabuca Granda no pudo contener más gente: La estupidez y la esperanza es un manifiesto que sintetiza la idea central de Una piedra en el zapato, una denuncia  al sistema por apagar las mentes, desinformar a la audiencia, crear estúpidos y fomentar el cinismo moral.  Feliz día de la canción criolla.

 

As

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El laberinto del cazador

El laberinto del cazador

Ignacio López-Merino

Grupo Planeta (Lima, 2011)

ISBN: 978-612-4070-39-6

Páginas: 314

Precio: 45 soles

El laberinto del cazador. Ignacio López-Merino

El laberinto del cazador  es la última entrega de novela de Ignacio López-Merino, publicada por el Grupo Planeta.  Médico psiquiatra y narrador prolífico,  nos induce con un lenguaje irreverente pero impecable, una generosa dosis de humor, emotividad y desenfrenado racionalismo, a la historia de Alberto; quién creció en la Lima de los años sesenta, entre pandillas, prostíbulos y carnavales. Así se hilvana episodio por episodio, una vida llena de emociones, intrigas, decepciones y enfrentamientos, en  el recorrido  hacia la adultez del personaje. Trayecto que estará  marcado por la presencia del incisivo estigma familiar –un padre violento e impulsivo, una madre sumisa y silenciosa–, que  sientan las bases para una vida escéptica,  perenne postura defensiva, el ansiado refugio en la ficción y el ardimiento por una sola mujer,  su propia hermana.

Coméntanos un poco sobre aquello que está detrás de la novela, el proceso creativo por el que pasaste  para llegar a ella y desarrollarla.

Con El laberinto del cazador ocurrió como con toda la narrativa que he escrito, ya sea  novela o cuento, es decir partí sin ningún plan preconcebido, sin boceto, sólo con unos personajes a la deriva en un ambiente determinado, que poco a poco fueron encontrando su voz y sus acciones (y sus interacciones). Escribiendo de ese modo siento que me voy leyendo a mí mismo y mantengo la curiosidad por lo que sigue. Eso no ocurriría si desarrollase algo previamente esbozado, estructurado. Prefiero no saber el final pues sería como si me contaran la película antes de verla y perdería interés al sentarme a escribir

Ese ambiente para representar la fauna social de Lima fue el distrito de Miraflores, en plena transformación…

Creo que el argumento de la historia es universal y los hechos pudieron haber ocurrido en cualquier parte (“Pinta tu aldea y habrás pintado el mundo”). Escogí Miraflores como escenario porque es el lugar que mejor conozco y, hasta hoy, la mayoría de mis sueños y remembranzas ocurren en ese barrio. Allí crecí, me hice adolescente y adulto, y fui testigo –y parte, también, en algunas ocasiones de palomilla desaforado—de las maldades de las colleras de los años sesenta. Todos esos “Chupo Monteros” y compañía, que enseñaban el poto calato subidos en una moto a toda velocidad por la Avenida Diagonal, frente al Haití, existieron en realidad pero tuvieron otros nombres.

Cada escena devela y resuelve situaciones, como si se tratase de pequeños cuentos o cortometrajes. El  narrador tiene buena cintura  ¿Cómo llegaste a esta fórmula?

Como yo prefiero la lectura de un fondo intenso contado en forma simple, eso mismo es lo que trato de hacer cuando escribo. No trato de hacer juegos complejos en mi manera de contar una historia. Para algunos autores esos derroches de técnica literaria enrevesada pueden funcionar. En la medida de lo posible trato de ser lineal (que es el modo primordial en la literatura desde que ésta  existe), sin recovecos abstrusos ni coqueterías formales que pueden complicar la lectura, pero eso sí, recurriendo a los flash backs para insertar situaciones pasadas dentro del presente de la narración.

¿Cómo adquiriste ese pulso,  hay que dejar de enamorarse de las palabras y registros personales para alcanzar otros?

Siempre me he preocupado por el lenguaje. Creo que la diferencia está en la manera de contar una historia. Una aventura de amor puede ser contada por Corin Tellado o por William Faulkner, y la diferencia estará más en el lenguaje que en la anécdota, el argumento, de la historia. Sí, me preocupa mucho el lenguaje y gozo con las palabras en el momento de editar el borrador de la narración.

El escepticismo y existencialismo son la ley de supervivencia.

Definitivamente Alberto, el personaje principal, es un escéptico a prueba de balas y también un agnóstico que roza peligrosamente el ateísmo. Cierto que como psiquiatra estoy mejor equipado que otras personas para esbozar las características estereotipadas de las personalidades. Pero creo que eso actúa en mi contra y no a mi favor. Cuando escribo ficción procuro poner de lado al profesional de las emociones que soy, pero sé que es virtualmente imposible acallar por completo al psiquiatra que está al acecho. Por lo menos de manera consciente trato de no tecnificar la narración sino más bien de hacerla clara, inteligible.

Es complicado deslindar cuánto de autobiografía hay entre tanta ficción o viceversa pero ¿Cuánto de la inédita historia personal hay en El Laberinto del Cazador?

La primera novela que escribí, hace más de 30 años, trataba de un joven médico cuya esposa se parecía mucho a la mía y cuyos padres también a los míos, y sus pacientes eran los que yo tenía. Descaradamente autobiográfica y, por tanto, la rompí en pedazos. Creo que esa fue mi cuota de lo personal en mi ficción. Supongo que en esa novela confronté mis demonios y espero haberlos sojuzgado un poco. Aunque uno nunca puede hablar por su subconsciente.  Todos mis personajes en todas mis ficciones hablan por mi boca y sus experiencias y sensaciones son las mías propias. Todos son parte de mí mismo, y asumo su maldad y su bondad; la diferencia es que esta vez están mucho mejor disfrazados y son irreconocibles en cuanto a cualquier parecido con la realidad.

Hay un buen contraste  entre los miembros de la familia, desde  lo mundano  y real (el sexo y los negocios) hasta  la metafísica (la espiritualidad sin iglesia y rituales mortuorios)

Aquí si viene el psiquiatra a darme una mano: yo veo a estos dos tíos como un par de obsesos. El tío Rolando es un narcisista empecinado en conquistar a todas las mujeres del mundo (algún psicoanalista podría conjeturar que es un homosexual latente que se sobrecompensa, pero yo no lo veo así), y en coleccionar objetos de esas conquistas. Es decir, para él las mujeres son una suerte de trofeos de caza. El otro tío, Franco, es un chiflado que anda persiguiendo el contacto con mundos esotéricos.  Estos dos tíos eran importantes como los adiestradores del personaje principal en asuntos del vivir intensamente y del morir con persistencia de la conciencia, lo cual creo que es el meollo de la novela: la exploración del más allá tras la muerte física.

La relación que tiene Alberto con su padre y abuelo  funciona como dos antípodas, que hacen posible dos de los  ejes sobre los que se desarrolla la historia: el refugio en la ficción, los libros y el buscar sus propias certezas.

Cierto, el padre y el abuelo están en las antípodas en todo sentido. El padre es la oveja negra de toda una dinastía de prohombres y la vergüenza de la familia. Alberto, el protagonista, tiene la responsabilidad de limpiar y continuar el ilustre apellido, pero desde muy temprano intuye que no podrá hacerlo y se resigna a una mediocridad justificada por la obsesión enfermiza del incesto, que es la única constante de su vida y su razón de ser.

La muerte y sus indumentos, la presencia  y obra de la pelona, como suele llamarla la voz narradora es, un motivo recurrente que se presenta como un advenedizo acompañante más que un torturador.

Claro, Alberto es un deprimido crónico que saborea la muerte y sus alrededores desde que tiene uso de razón. Hasta fantasea con ser el personaje (léase el muerto) de los funerales en el velorio de su abuelo. Está a punto de cometer suicidio varias veces pero por uno u otro motivo no lo consuma. En este caso, como en muchos de la vida real, el potencial suicida ansía la muerte como un escape hacia la nada, lo cual es preferible al sufrimiento de estar vivo. Por lo tanto creo que, efectivamente, Alberto ve a la pelona como un alivio, como una liberadora más que como una torturadora. La idea del suicidio llega hasta el mismísimo párrafo final de la novela. Lo que no sabemos es qué ocurrirá después del punto final.

Incluso  se ensayan dos versiones de cielo para el posible suicida: la nada, donde purgamos la vida pasada  y el todo,  donde nuestras proyecciones nos hacen la existencia placentera.

La última visión del paraíso es la que roza el concepto de una divinidad. De existir algún dios, el personaje supone que será como en la tercera experiencia de su muerte, es decir el concepto de un Todo benévolo, justo y comprensivo de la naturaleza humana. Alberto comenta que por fin tiene la ilusión y la urgencia de llegar a conocer ese Todo que ahora sí respeta como a un Dios verdadero, más que a aquella vanidosa deidad que exige amor por encima de todas las cosas y que, para probar la lealtad de un padre, le ordena matar a su hijo y que condena a sus criaturas “malas” al fuego eterno.

As

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Sin máscara: El campeón inédito de Lucha Libro

Francisco Hermoza. Malajusted

Francisco Hermoza, redactor publicitario y escritor para mantener la cordura, ganó su primera publicación combate a combate. Con una prosa sin acrobacias retoricas, concreción y mente ágil, ningún escritor-luchador pudo tumbarlo, excepto una gripe y el tiempo siempre en contra, después de recibir el cinturón. Librería Perú logro encontrarse  a plena luz del día y sin máscara, con el actual campeón de Lucha Libro, momentos antes de  sostener una reunión con el Grupo Editorial Mesa Redonda.  Tendrá seis meses desde  la mañana siguiente al último combate para presentar su manuscrito a la casa editorial.

Malajusted, como se hacía llamar, prefiere la sordidez y las historias de familia. Le teme a la novela apoteósica, confía más en sus cuentos breves para contar una gran historia, fragmentándola en situaciones puntuales. Ese será el estilo que prime en su próximo libro del cual ya llevaba buena parte avanzado. En los próximos meses, mientras el campeón limeño cumple con sus plazos, se llevará a cabo una versión amazónica del mismo campeonato, en la ciudad de Iquitos. Quizá pronto tengamos duelos regionales.

As


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Entrevista a Alfonso Cisneros Cox. Los pies sobre la arena: una caminata hacia el mar interior de La Ensenada (*)

Hacia el 2007, La Ensenada acababa  de hacerse poema e imprimirse, bajo el sello de Ediciones Caracol. En esta entrevista publicada en Anexo, el suplemento de artes de la revista Nexos, el poeta niño nos hablaba de los motivos que rodeaban la última de sus entregas poéticas hasta el momento: una propuesta de narración y síntesis visual que adopta la forma de una bitácora bastante particular, en la que  intercala haikus y poemas en prosa (haibun) para hilvanar episodios  de su niñez y juventud, en la playa de La Quipa.

Dos años después tenemos un nuevo poemario al frente, pero esta vez, el paisaje y todo lo que lo rodea, giran entorno a un personaje muy peculiar: el niño.

He tenido muchos recuerdos de mi infancia, en la playa de La  Quipa,  en la cual permanecía durante los tres meses de verano, la que denominaba mi casa solariega. Durante ese tiempo, iniciábamos caminatas hacia los paisajes que nos rodeaban: el Cerro Negro, la Tiza,  el Gran Corte, la Cueva de Lobos. Quería rememorar aquella época y empecé a escribir poemas en  prosa poética y no encontraba unidad hasta que se me ocurrió organizarlos en relación a un haiku como remate final en cada texto. Eso se conoce como haibun, una forma tradicional de poesía  japonesa que asocia  un texto narrativo y una escena final a manera de haiku.

Al leerlo parece que adoptara la forma de un diario escrito por un niño mago, que empieza a explorar su mundo fantástico.

Pienso que prácticamente es un libro escrito por él. Es la parte de la niñez que el poeta siempre lleva adentro, la ingenuidad y la sorpresa. Eso solamente le sucede al niño, que va asombrándose poco a poco mientras descubre las cosas. Casi todos los eventos que realizábamos eran rituales de aventura y reflexiones en soledad, como caminar por la playa a las seis de la tarde y sentir cosas inexplicables. Hasta que empiezas a percibir que todo ello se va perdiendo porque vas creciendo. El libro entero es una remembranza ante temas que son recurrentes en mi poesía, como el mar y el desierto.

Ese niño mago tiene la intención de recoger en un haibun el mundo que respira de viento, agua y arena, para recrearlo.

Sí, creo que ahí está el aporte del haiku, le da un soporte importante al poemario. Yo lo entiendo como condensar en una imagen breve y poética, toda una existencialidad. La poesía lírica tiende a ese encanto sutil de todo lo que sugiere, como una especie de colofón o síntesis. El haiku no apela a ciertas palabra obvias (te quiero, te extraño), todo aquello que quieres decir se expresa por sí solo y esto lo hace aún más sugerente.

Claro, si se pierde el misterio se pierde todo. ¿Por qué haces del niño tu protagonista o el punto de apertura?

Es lo único que me queda. La imagen del niño es en esencia la del poeta que habla con esa expresividad limpia, transparente. El niño es curioso, recuerda zonas o regiones de esta ensenada en la cuales él se ocultaba para soñar, descubrir  y gozar el sonido del mar, el reflejo del sol, golpeando o dibujando las peñas, mirando las estrellas por la noche.

Después de ser niño, ¿qué queda?

Al artista no le quedaría nada. Si pierde esa ingenuidad e inocencia, deja de decir y captar muchas cosas.

Uno debe procurar traerlo de vuelta.

Sí, porque uno va perdiendo vitalidades que solamente las puede recuperar a  través de un sol interior, desde la interioridad. Como decía Matisse: existe un sol exterior que nos ilumina, una vez que deja de hacerlo, aparece el sol interior que uno ha cultivado. Un sol que resulta  parte de ése cosmos de pasión y vitalidad, que en La Ensenada se transforma en un mar interior. Además, en cierta forma mis poemas siempre han estado emparentados con el mar de La Quipa y la costa peruana.  El mar es una figura muy intensa, posee un universo profundo, insondable, cambiante. Es algo así como una metáfora del inconsciente. El olor, el sonido  y su infinitud maravillosa lo hace una presencia enigmática.

Es por esa presencia que encontraste la naturaleza.

Cada uno vive sus propias experiencias, las que te marcaron de muy joven. Ese es el caso de Watanabe, que vivió en Laredo, en el campo, de pata en el suelo. En el poemario  Piedra alada hay un universo con muchas escenas de referencia hacia ella y la casa rural. La naturaleza ha sido fundamental para ambos: te sorprende y te da ciertas formas para percibir, comprender o decir algo indescifrable. En mi niñez y juventud pude recoger de La Quipa todas esas sensaciones producidas por las dunas, piedras, arrecifes, acantilados  y grandes paseos. Huaqueando, saliendo a la mar en pequeños botes enrumbando a lugares peligrosos, prohibidos por nuestros padres, como la cueva de Lobos.  El paisaje de La Quipa, es muy rico: entre farallones y peñascos, un mundo estéticamente creado por la naturaleza.

Y todas estas sensaciones son las que te conducen al poema

Claro. Me refiero a ellas en un texto, que es casi  un arte poética, donde se narra el primer encuentro. Empezó con una caminata en el desierto: sentí algo trascendental e inexplicable y fue como darme cuenta que el arte estaba escondido entre mar y dunas. Simplemente apareció.

Lo escrito en el papel/ lo lee ahora/ el agua mansa.  Ese haiku podría ser el momento que vives ahora.

Sí, es el momento. La sensación permanece y fluye en adagio, así como el mar interior, aunque siempre esté la desesperanza. Yo le hablo a ese mar de cuando era niño, no al mar de ahora,  de La Quipa que no piso hace quince años.

¿Es La Ensenada, un cierre o una evocación que se ha detenido?

Es un libro exterior con interioridades marcadas. El haiku está en el exterior, tú lo miras, lo capturas con la palabra porque está ahí, ayudado sólo por el artificio del poeta. Con La Ensenada se culmina una etapa evocativa, que une lo interior con lo exterior, como una serie de recuerdos o confesiones.  Lo demás está en el lector, que construye sus propios parajes.

En  el poemario hay  cuatro partes bastante claras. El inicio es mucho más sensorial que descriptivo. La segunda parte es más narrativa, centrada en describir lo intrascendente, como el devenir de las olas, las escamas de los peces   y las ondas en la arena, para magnificarlo.

Así es. Además aquí las evocaciones también son más de personajes, situaciones o recuerdos. Los observo de lejos y hablo sobre ellos, como una suerte de desdoblamiento. Por ejemplo, escuchar las sobremesas, las canciones de Panchito, sus cuentos de altamar. Ahora siento qué importante era todo lo que nos sucedía.

Hacia la tercera parte, el ojo descriptivo se vuelca a la reflexión sobre  el eco de las ideas y sus viajes de ida y vuelta.

Es la parte más reflexiva. Con la imagen del Eco, la idea era  jugar con todas las variantes y situaciones que sucedían. Había un lugar en las peñas que era el lugar del eco. Nos deteníamos para sentir quién podía gritar más, para que el eco llegase con mayor fuerza., entre los silbidos de la paraca.

El eco es también una búsqueda,  una extraña compañía.

Clamar por el eco es como hablarle a la naturaleza y saber que la respuesta está dentro de ti. Así como el siguiente haiku que Senseisui compuso titulado el ECO: ¡Hey! clama el hombre solitario / ¡Hey! responde la solitaria montaña.

Existen dos hilos conductores a lo largo de  la reflexión en esta tercera parte: la duda y la soledad.

Es una soledad que está instaurada. No la busco, pues ya camina conmigo. Mark Strand dice: “Siempre donde  estoy, soy aquello que falta”. Esa es la soledad que forma parte de mi cuerpo, de mi presencia. La descubrí en La Quipa, desde muy niño.

Ella contribuyó a crear en ti un oído receptivo.

La naturaleza te hace agudizar más ese sentido: tanto la pureza de sus sonidos como la revelación de las imágenes. Ello  conlleva el hecho de caminar solo por la arena, los arrecifes, los cerros o de una playa a otra.

Además de la soledad, la ausencia crea cierta evocación.

De hecho. La ausencia es muy importante: a mayor capacidad de ausencia, hay mayor interiorización de  las cosas. El cuerpo es como un cántaro, donde ha mayor resonancia, todo penetra mucho más.

En el final de la cuarta parte, el personaje alude a algo que se aleja, quizá sea el tiempo.

Hay mucho de remembranza. Así también, los últimos poemas  de la parte final, aparecen como colofón, sentencian  lo ocurrido a través del poemario. En Ensueño, último texto del poemario, es como estar sumergido en la desesperación, se cuelan ciertas presencias  naturales como conchas, algas, viento; en Puertas y ventanas, se abre lo que debe permanecer y el resto se cierra.

Se asume el deterioro.

Al escribir la Ensenada he rejuvenecido, pero el anhelo siempre está presente, como lo están también la noche, los candiles y el enamoramiento. La Ensenada permanecía dentro de mí  y tenía que aparecer en algún momento.

Es un libro de recuentos y  exploración, antes que la búsqueda de nuevas preguntas

Así es, como dice René Chair: “la poesía no responde, la poesía pregunta”.Siempre queda algo de no acabamiento que le da el valor poético al texto. Es como abrirle puertas al enigma.

Ahí aparece el haiku.

Sobre todo porque los paisajes son muy bellos: hay muchos matices y sonidos. Peñones de distintos colores y alturas, lugares prohibidos e inaccesibles. Experiencias como introducirse dentro de las rocas o sumergirse bajo el mar eran sensaciones inigualables El paisaje marino es otro mundo. Para mí la poesía y la contemplación son prácticamente sinónimos, por eso tiendo a la poesía oriental donde no todo está dicho, más bien, está abierto, el poema no debe acabar, debe ofrecer la posibilidad de volver una y otra vez, al silencio del inicio del poema, sin que exista un final. Ahora son menos los que se conmueven con la sugerencia y lo maravilloso y quien ha tenido una relación con ese encanto, siente que jamás desaparece.  El arte estimula mucho esa capacidad de asombro, abstracción  y es imposible que uno lo deje. La polaridad ausencia-maravilla es una constante en mi poesía: pequeños destellos luminosos  en el desierto.

*
Entrevista:  A.S.P.

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Alfonso Cisneros Cox (1953-2011)

Alfonso Cisneros Cox  se ha convertido en música, literalmente. El mes de Octubre llegó con el milagro de la liberación: el cáncer dejaría de ser un compañero hostil, se quedaría en la compañía de Brahms y los suyos.

Durante sus  últimos años, si bien mantuvo cierto retraimiento, las visitas de algunos amigos cercanos fue el otro rostro de la medicina, el menos tortuoso y quizá el más efectivo.  Su mente se mantuvo estoica y en vuelo creativo, dedicada a la minuciosa edición de la revista Lienzo, sus viejas artes y aficiones: el culto a la contemplación, la acuarela,  la pasión por la música académica y el universo poético contenido  –e incontenible–  en las líneas de sus haikus y las historias de sus poemas en prosa.

Comparto con ustedes algunas de esas fantásticas acuarelas hechas poesía. Elegí Natura viva, del célebre  poemario Voces mínimas (1996).  Varios de estos poemas fueron ilustrados por fotografías de su hermano, en una bitácora personal.

Natura viva

1

Árbol quebrado

sólo te alumbra

la rama del sol

2

Baja marea

empozados los ojos

del mar

3

Lento atardecer

la sombra proyecta

su lengua de piedra

4

El silencio acaba

en cada ola

que empieza

5

De salto en salto

El petirrojo enciende

La enramada

6

Clara cascada:

el tiempo lava

la piedra

7

El viento silba

dentro de un pájaro

herido

8

La hormiga deambula

sobre el secreto

de la piedra

9

Desnudo techo

Extraños quehaceres

De la araña

10

Río detenido:

frente al mar se han posado

dos orillas

11

Imperceptible

la secreta blancura

de la noche

12

Aroma de jazmines

¿alguien toca

mi puerta?

13

Amarillo y azul

en la jaula cautivos

cielo y sol

14

Colibrí:

corazón detenido

en cada flor

Publicación más reciente:

Antes de enfemar, consiguió reunir toda su obra poética

en una antología a la que llamó El agua en la ciénaga,

publicada por el Grupo Editorial Mesa Redonda, en su serie Taquicardia.

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Cartas desde la azotea

Cartas desde la azotea

Domingo de Ramos

Grupo Editorial Mesa Redonda (Lima, 2011)

ISBN: 978-612-4091-16-2

Páginas: 56

Precio: 23 soles

Siga la bitácora del solado desconcido:

Cartas desde la azotea. Domingo de Ramos

Treinta años después, Domingo de Ramos  aún permanece en las trincheras de la creación.  No hablará explícitamente del Perú o de Sudamérica,  sino de una ciudad anónima del medio oriente, cuyo único vínculo con Lima es la arena y la incertidumbre.

Ese es justo el destino final de su viaje.  Ha evocado sus propias guerras desde el puesto de francotirador que lo alberga durante las noches de verano y las oleadas del insomnio, la azotea.  Su última entrega, Cartas desde la azotea  ocurre en un teatro de guerra urbana,  la épica voz del soldado desconocido es expuesta  a través de sus notas delirantes en una bitácora. Por su puesto, escrita desde los anhelos, las vísceras y orines de pólvora.

“No somos de aquí Hace calor lo debes sentir por mis cartas lo debes sentir por mis píldoras que tomo por mis licores que tomo por las mujeres que hay aquí que no quieren a nadie Siempre me preguntan de dónde soy de dónde vengo y yo les digo que caí del cielo en una noche muy oscura cuando Dios no estuvo Y no me creen Estoy cansado de que no me crean”.

Disparo a disparo –o de verso en verso–,  el soldado hilvana una historia de guerra personal con la lógica delirante de una mente perturbada por el combate.

“Mi querida amiga desde lo más alto te digo que no es difícil de ver las cosas que se mueven Yo disparo imbatiblemente sin renunciar a la vida en días de  lluvia o de tormentas cuando las flores se abren como un tifón en días de tempestades que se mueven como si fueran dinosaurios que nunca cazamos no cazamos a nadie ni a aves ni a perros que por allí vagan”.

No se sabe cuánto tiempo ha permanecido guarnecido en la azotea, pero aquella falsa altura que le dio superioridad de fuego – como un dios– empieza a asfixiarlo con dudas y regresiones.  Las notas empiezan a contarse en febrero, una oración en un momento crítico finaliza el libro hacia el mes de mayo. Con las puntadas propias de su respiración -agitada, agónica, delirante, reflexiva, alucinatoria y urbana- desfigura su humanidad hasta deshacerla apócrifa, los monólogos se detienen y la correspondencia es sellada en su propio silencio.

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